Opinión

Querido profesor, me llamo Anselmo López, aunque seguramente, después de tantos años, poco le dirá este nombre. Tal vez si me recuerde por mi mote de clase, “lagartijo”, que me asignaron mis compañeros por mi extrema delgadez y el no poderme estar quieto en el aula. Ahora lo llaman hiperactividad...Rabo de lagartija lo llamábamos entonces. Sí, ese apodo que usted no permitía que me llamasen en su presencia aunque después a solas me dijese a mi que no tenía importancia, mientras yo no se la diese, como todas las cosas, allí donde ponemos la importancia, me decía, tarde o temprano llega el sufrimiento. Sólo había una cosa verdaderamente importante, ser bueno, así de sencillo.

¡Qué recuerdos tengo de usted! Se desvivía en las explicaciones desgranando los contenidos hasta sus aspectos más básicos, con esa pasión que parecía que le gustaba todo. Y ese humor con que lo hacía, siempre haciendo tonterías sin importarle hacer el ridículo con tal de que, de ese modo, comprendiésemos lo que se proponía enseñarnos y que además llamaba nuestra atención y creaba buen ambiente; Recuerdo la primera vez que un alumno de mi clase que tenía una duda le llamó y le dijo: “¿puede venir, por favor? Y usted se arrancó con el bolero: “si tú me dices ven, lo dejo todo, si tú me dices ven...”

 Sin embargo, a veces se ponía muy serio cuando quería mantener el orden, alegando que no se podía dar clase si cada uno hablaba cuando quería. Entonces nos quedaba sin recreo (¡hasta que yo me jubile!, nos decía), vamos, que nos daba donde más nos dolía. Aunque rara vez nos hacía cumplir el castigo, solía perdonarnos no sin antes sermonearnos de una forma que me sorprendía viniendo de un profesor; Nos decía entonces que era una falta de respeto hablar mientras lo hacía otra persona sea esta quien fuere, y que usted nos tenía que mandar cosas no porque fuera más o mejor que nosotros sino porque por conocimientos y edad era el más apropiado para dirigir la clase, y que eso era coyuntural (circunstancial, en ese momento y en esas condiciones, nos aclaró) pero que, por ejemplo, si mañana alguno ejerciésemos como médico y tuviéramos que tratarle, usted se plegaría a nuestros requerimientos como no podía ser de otro modo porque ya no sería nuestro profesor.

Estoy de acuerdo en todo menos en una cosa, ha pasado el tiempo y sigue siendo mi profesor, tan grande es la huella que para bien o para mal pueden dejar nuestros maestros en la vida.

También estimo mucho el que usted nos pidiera perdón individual o colectivamente cuando consideraba que podía habernos ofendido. Y claro, ese despliegue de energía, sinceridad, humildad y humor en el trabajo es el alambique en el que se destila la autoridad del profesor, no en la severidad ni tampoco en la laxitud.

Una vez sorprendí una conversación que estaba usted teniendo con un compañero suyo en el pasillo en la que éste le preguntaba cuál era su máxima como profesor, y usted le respondió sin pensarlo: “dar cada clase como si un hijo mío estuviera en el aula”.

Querido profesor, ahora yo también ejerzo esta bendita profesión tan humillada y pisoteada por algunos en estos tiempos. Pero tengo la certeza de que mi labor será muy importante, a veces decisiva, para el futuro de mis alumnos por lo que trato de mejorar cada día teniendo presente su máxima. Muchas gracias por su dedicación. Atentamente,

 

 

Su, me atrevo a decir, querido alumno, Anselmo López “lagartijo”.

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